Artículos de opinión
Entrevita a Luis Padilla González
"Las mujeres son unas auténticas profesionales de la supervivencia"

No le gusta salir en la foto, pero sabe que a veces es importante ponerle rostro a las organizaciones. Luis Padilla es un hombre de presencia discreta y acción constante. De joven fue periodista, y dice que nunca ha dejado de ser cantautor y escritor, pero en 1996 dio el salto a la cooperación fundando la Asociación Manabí. Ahora vive a caballo entre España, Ecuador y Guatemala, el país
en el que nació. En Madrid se formó como mediador de conflictos, experto en migraciones, refugio y asilo. Se considera un idealista pragmático y cree que cambiar el mundo es una utopía factible que nos ayuda a caminar todos los días. Una filosofía que es la guía de la Asociación Manabí, que nació para paliar los efectos de la pobreza y crear las condiciones adecuadas para erradicar las causas que la provocan. El otro gran objetivo de esta institución y de su impulsor es alcanzar una sociedad donde las mujeres y los hombres gocen de igualdad de oportunidades. Porque, para Luis, las mujeres son las principales agentes del cambio
En Ecuador, la asociación Manabí empezó trabajando con ocho mujeres, muchas de ellas analfabetas. Y, tras 27 años en el terreno, más de 10.000 han recibido formación; entre ellas, hay 186 juezas de paz que median en conflictos comunales. Un logro en el que Fundación MAPFRE ha tenido también participación en la medida que ha impulsado esta organización. En 2016, por ejemplo, apoyó a la Asociación Manabí en la formación laboral de 69 mujeres guatemaltecas. Hoy todas están trabajando y una de ellas es gobernadora de un departamento del país. Desde entonces, ya son más de 500 las mujeres a las que han ayudado. Un trabajo que Padilla define como «de hormiga, pero auténticamente transformador».
¿Qué le hizo ser quién es?
Mi bisabuela, mi abuela, mi madre y mis hermanas. Yo nací y me crié en Guatemala. Por situaciones de la vida, mi mundo siempre fue gobernado por las mujeres de mi familia. Aprendí y sigo aprendiendo de ellas. Mi bisabuela era la que marcaba los criterios de la casa, la que nos inculcaba los valores, la que nos guiaba y, aun siendo muy pequeños, nos contaba las historias de la vida.
¿Y de qué iban esos relatos?
Principalmente, de su infancia; de cómo llegaron aquí sus antepasados, que procedían de España; de cómo ella se crió; de las desventuras que sufrían las mujeres… Ella, por ejemplo, por el hecho de serlo no tuvo derecho a heredar nada. Hace unos años, viviendo en México, escribí un libro a partir de esos recuerdos y anécdotas, que se llama Los cuentos de doña Julia. Ese era su nombre.
¿Hasta qué año estuvo en Guatemala?
Me fui con dieciocho años recién cumplidos. En pocos meses más de un millón de exiliados salimos del país para huir de las masacres y de la guerra. Fue una auténtica tragedia. Cada uno se iba como podía y a donde podía, porque estaban matando a todo el mundo. Yo me marché a México y empecé a estudiar psicología y periodismo.
En esos años ejerció, sobre todo, de periodista. Sí, eso fue cuando estaba en El Salvador, allí escribía sobre Guatemala, pero con seudónimo. También trabajé para un periódico en Canadá, Latin American Connection, cubriendo el levantamiento zapatista en Chiapas. Me ganaba la vida con esa profesión, pero en 1996 se firmó la paz en Guatemala y me pareció que había llegado el momento de regresar. Justo entonces una de mis hermanas, que trabajaba en Ecuador con mujeres marginadas, violentadas y analfabetas, me convenció para que en lugar de volver a casa la ayudara a ella sobre el terreno para elaborar un plan de desarrollo para la zona de Manabí. Me pareció que podía ser más útil de esta forma y es así como acabé allí.
¿Ese plan se pudo materializar?
Sí, se llevó a cabo. De hecho, a lo largo de veintinueve años el proyecto nunca ha dejado de crecer. Creamos una organización en la provincia de Manabí en la que estaban integradas más de diez mil mujeres, que son las que resuelven el día a día y se aseguran de que los niños coman. A través de ellas empezamos a llegar a sus familias y a sus hijos. Porque toda ayuda que le das a una mujer se multiplica por diez.
Nosotros estamos prestando apoyo a más de ciento treinta mil personas en toda la provincia y también creamos sesenta guarderías, que era algo fundamental para que las mujeres pudieran salir a trabajar.
Tengo entendido que la Arquidiócesis de Portoviejo también contribuyó de manera fundamental. Sí, gracias a que nos abrió la puerta pudimos llegar a las ciento setenta y seis comunidades de la provincia de Manabí. En cada una formamos un grupo de mujeres que se convirtió en la puerta de entrada para el desarrollo local. Cualquier proyecto, cualquier actividad educativa, formativa, de seguridad alimentaria o de lo que fuese pasaba por ese colectivo. Por una parte, sin ellas no había cambio y, por otra, esta aproximación le acabó imprimiendo un carácter de igualdad de género a todo lo que estábamos haciendo.
¿Qué papel ha jugado España en el crecimiento y consolidación de la Asociación Manabí?
Nos ha dado muchísimo através de las comunidades autónomas con las que trabajamos, especialmente la de Navarra. Las instituciones han creído en lo que hacemos y nos han apoyado a lo largo de muchos años, como Fundación MAPFRE que nos dio los medios para poder hacer una auditoría a fondo.
¿Qué descubrieron a través de ese análisis?
Para empezar, que habíamos hecho mucho más de lo que creíamosque podíamos hacer. En gran parte por habernos enfocado en las mujeres, pero también por los voluntarios. Nosotros hemos aportado, sobre todo, voluntarios, pero siempre apoyándonos en otras entidades que ya estaban trabajando sobre el terreno porque, ¿para qué vamos a duplicar acciones? Con esta visión empezamos acerrar convenios con otras ONG y con universidades para enviar personal a las zonas, que han hecho una granlabor.
Imagino que también habrán tenido desafíos a lo largo de estos años
Por supuesto, porque fuimos creciendo con un modelo no planificado. Nos equivocamos muchas veces, pero hacíamos y corregíamos, hacíamos ycorregíamos. Por ejemplo, en Ecuador generamos un liderazgo unipersonal que no fue bien. La gente empezó a creer en nosotros –sin que les regalásemos nada, porque nosotros no teníamos nada que regalar y no ofrecíamos más que la posibilidad de salir adelante–, pero delegó en nosotros la responsabilidad de decidir. Y eso no es bueno, porque entonces el liderazgo no lo ostenta la gente. Ahora bien, desde que tomamos conciencia de ello, aproximadamente en el año 2009, empezamos a preparar y potenciar un liderazgo más colectivo. Tenían que serlos grupos de mujeres quienes tomasen las riendas de su destino, las que decidieran, debatieran, agotaran todaslas posibilidades y se equivocaran haciendo. Y también teníamos que lograr que los hombres estuvieran involucrados en los procesos, porque no podíamos dejarles al margen del objetivo de conseguir una igualdad de género real.
¿Por qué trabajar con ellos no tiene el mismo efecto en sus comunidades?
Yo siempre se lo explico con respeto a todos los hombres, y trato de decirlo desapasionadamente, pero si estudias historia te darás cuenta de que los hombres solo sabemos pelear, destruir, maltratar, enajenar, no sé… Y lo digo totalmente convencido.
¿También ve esas actitudes en sí mismo?
Claro, porque a mí me tallaron con una madera de machismo. Crecí enuna sociedad machista y hay rasgos en mi estructura que lo son. Pero he ido cambiando, porque cambiar esposible. Sé que no soy un ángel divino ni soy la mejor persona del mundo. Hago lo que puedo, pero lo hago convencido.
¿Cómo han logrado involucrar a la fuerza masculina en los proyectos?
Para empezar, porque si la mujer es la que lleva el dinero a casa, el hombre tiene que negociar. Y ese es uno de los saltos cualitativos en el empoderamiento femenino. Me refiero no solo al hecho de que ellas manejen el dinero, sino que sean capaces de cambiar el equilibrio de las relaciones de poder dentro de la familia. Al principio les cuesta entenderlo, pero la condición imprescindible es que al menos el 50% de las personas del comité sean mujeres, y si sobrepasamos el 60% o 70%, mejor. Y les explicamos por qué tienen que estar ellas. Porque, ¿quién se levanta y lava la ropa? ¿Quién acarrea el agua por los barrancos y sube con el cántaro y el niño aespaldas cinco kilómetros? Ellas. ¿Quiénes son las auténticas profesionales de la supervivencia?
Las mujeres.¿De qué manera se cambian determinadas actitudes cuando están tan arraigadas en una sociedad?
No es nada fácil, porque hay una serie de roles y verdades sociales que las mujeres en Guatemala cumplen a rajatabla y eso las sitúa en desventaja.
¿Como cuáles?
Por ejemplo, si eres mujer tienes que ser madre; es decir, has de tener los hijos que Dios te dé. Debes lavar los trastes [muebles, utensilios de la casa] y también vestir de una manera determinada. Pero todo eso son paradigmas que hay que ir transformando poco a poco y con conciencia de que el proceso va a ser muy largo.
Nosotros no llegamos un martes y el miércoles ya hemos cambiado el mundo. Lo que hacemos es llegar el martes y preguntarle a la gente: «¿Vosotros qué queréis hacer? ¿Qué estáis dispuestos a hacer?». Poseen algunos recursos que, sin embargo, no saben que los tienen, y es importante ayudarles a descubrirlos. Y no es tirar piedras para su tejado, pero no puedes llegar allí y darles de todo sin que la gente haga nada, porque entonces generas dependencia, arrebatas dignidad, humanidad y generas esa pobreza humana en la persona que no le permite verse a sí misma como un sujeto capaz de salirde donde está. Las mujeres, los niños, la población en general, tienen que buscar su propio desarrollo, su futuro, y lo tienen que hacer de acuerdo con sus usos, costumbres, creencias y formas de organización, porque otra cosa es colonialismo.
¿Ahora el principal reto de la Asociación Manabí está en Guatemala?
Sí, porque en Ecuador hemos llegado a un punto en el que las mujeres ya se gestionan ellas mismas. Ahora en Guatemala nos hemos metido a las escuelas con los niños, porque ese es el foro por antonomasia donde se construye al ciudadano. Fundación MAPFRE nos está apoyando en un proyecto que tenemos para trabajar con niños de entre cuatro y 14 años. Nos interesa trabajar en todas las escuelas posibles. Ahora mismo llegamos a mil ochocientos niños pobres y marginales todos los años, de forma directa y concreta.Cuando nosotros entramos a esos barrios ya nos reconocen, porque saben que no les pedimos nada. Nunca les hemospedido ni un vaso de agua. Por eso al principio la gente desconfía, pero luego nos reconoce.
Estamos hablando, sobre todo, de las comunidades rurales, ¿verdad?
Sí, allí no existe ni siquiera un vertedero, no pasa el camión de la basura, no hay un sistema de drenajes, no hay saneamiento… Por no haber no hay ni centro de salud. La escuela tiene techo de hojalata y los niños cuando llueve se tienen que apartar para que el agua no les caiga. Estamoshablando de una pobreza extrema y de gente que a nadie le importa. Pero a nosotros sí.
¿Alguna vez ha caído en la desesperanza?
Jamás hay que darse por vencido. Nosotros nunca dejamos de vernos pequeños, porque lo somos, pero al mismo tiempo nos sentimos orgullosos, pues lo poquito que hacemos está dando resultados. Y es algo que podemos comprobar. Ahora mismo yo regreso a Guatemala y hay siete comunidades que me están esperando, que quieren hablar, y todas ya van a estar encabezadas por mujeres,porque se corrió la voz de que, si no hay mujeres, don Luis no viene a la comunidad. El equipo de la Asociación Manabí va llegando poco a poco.
Luis Padilla González es Mediador de conflicots, eperto en Cooperación Internacional para el Desarrollo. Es experto en migraciones, refugio y asilo, y fundador de la ASOCIACION MANABI.
Justicia social y Justicia moral

En la actualidad, todos los Estados promulgan sobre el papel la justicia como un valor fundamental de la sociedad. Pero, ¿de qué justicia social se habla? ¿justicia social para quiénes? ¿Cuál es el rasero que mide la justicia social en cada sociedad?
En los países desarrollados la Justicia Social tiene que ver más con el reparto de beneficios sociales, con la igualdad e la participación. En los países menos desarrollados, la Justicia Social tiene que ver más con la promoción y el ejercicio de los derechos humanos, el derecho al trabajo, el derecho a la salud, el derecho a la educación, el derecho a la vida.
No obstante, en ambos casos existen varios raseros que sirven para medir y establecer hasta dónde la Justicia Social es un valor universal y consensuado. El mundo actual está conformado por personas pobres y extremadamente pobres, y personas ricas y extremadamente ricas. Por tanto, estamos hablando de dos dimensiones de la Justicia Social: la que engloba el poder y el estatus de privilegio; y la que engloba la lucha por los derechos y la supervivencia.
Todos los años, el 20 de febrero, se conmemora el día internacional de la “Justicia Social”. Al igual que otras fechas alusivas a los derechos, el mero hecho de recordarnos que existen valores universales de carácter moral, social y económico, no significa que la sociedad mundial esté plenamente involucrada en el compromiso de alcanzar la justicia como vía para alcanzar el desarrollo.
En la actualidad, todos los Estados promulgan sobre el papel la justicia como un valor fundamental de la sociedad. Pero, ¿de qué justicia social se habla? ¿justicia social para quiénes? ¿Cuál es el rasero que mide la justicia social en cada sociedad?
En los países desarrollados la Justicia Social tiene que ver más con el reparto de beneficios sociales, con la igualdad e la participación. En los países menos desarrollados, la Justicia Social tiene que ver más con la promoción y el ejercicio de los derechos humanos, el derecho al trabajo, el derecho a la salud, el derecho a la educación, el derecho a la vida.
No obstante, en ambos casos existen varios raseros que sirven para medir y establecer hasta dónde la Justicia Social es un valor universal y consensuado. El mundo actual está conformado por personas pobres y extremadamente pobres, y personas ricas y extremadamente ricas. Por tanto, estamos hablando de dos dimensiones de la Justicia Social: la que engloba el poder y el estatus de privilegio; y la que engloba la lucha por los derechos y la supervivencia.
¿Cuántos ricos y cuántos pobres hay en el mundo?
El umbral internacional para medir la pobreza extrema es de USD 1,90 al día. Por otro lado, los parámetros de USD 3,20 y USD 5,50 diarios se utilizan para para reflejar las líneas nacionales de pobreza de los países de ingreso mediano bajo y mediano alto. Estos son los distintos raseros para medir la justicia social.
Pero, atendiendo a estos parámetros de medición de la pobreza, según el Informe anual 2020 del Banco Mundial, la pobreza extrema alcanzaba en 2020 al 42,3% de la población total africana; en Asia Oriental y el Pacífico al 1,3%; en oriente Medio y norte de África al 7,2%; en Asia Meridional al 16,1%; en América Latina y el Caribe, al 4,4%; en tanto en Europa y Asia Central solamente al 1,2%.
Si bien menos de la décima parte de la población mundial se ubica por debajo de la línea de USD 1,90 al día, cerca de la cuarta parte vive con menos de USD 3,20, y más del 40 % de los habitantes del mundo (casi 3.300 millones de personas) se sitúa por debajo de la línea de USD 5,50.
La misma fuente señala que la mitad de los pobres del mundo (incluye pobres que viven con menos de 5,00 $ al día y pobreza extrema) son niños y mujeres. Además, añade que la pandemia del COVID-19 empujará a otros 100 millones de personas a la pobreza, debido a la “crisis económica” que está resultando como efecto económico.
Entonces, ¿es la Justicia Social un valor universal? Desde mi punto de vista, no. Es un valor relativo y, según los diversos criterios, se entiende y se aplica.
Unos de los ejemplos más ilustrativos es que, ¿por qué la mitad de los pobres en todas las escalas de medición son mujeres y niños y niñas? Desde mi punto de vista no se trata solamente de pobreza económica, se trata de desigualdad en el ejercicio y en el respeto de los derechos humanos desde un enfoque de igualdad y de equidad.
Hablar del día internacional de la Justicia Social mientras sigue habiendo migraciones masivas producto de las dictaduras y de la violencia política y militar, y del aumento progresivo e insostenible de la pobreza, no es más que una manera de decir: “sí, hay pobres, pero estamos haciendo todo lo posible para que no los haya”.
Mientras haya distintos raseros para medir la Justicia Social (en términos de acceso y ejercicio de los derechos) la pobreza seguirá aumentando independientemente de las justificaciones que demos, como la pandemia del COVID-19 o el cambio climático.
Hablemos de Justicia Social en términos de creación y aplicación de leyes justas, que funcionen y que tomen en cuenta a todas las personas de forma general (no leyes para los ricos y leyes para los pobres), y practiquemos la equidad social desde la igualdad, desde la justicia moral.
Luis Padilla González es Mediador y experto en migraciones, refugio y asilo, y fundador de la ASOCIACION MANABI.
Mujeres que se apoyan entre mujeres en el mundo de los hombres que no escuchaban a las mujeres.

EEn este artículo quiero hablar de lo más importante que he aprendido en una década de estudios feministas y de transformación personal y profesional. La importancia y lo imprescindible de las redes de mujeres y el apoyo mutuo entre nosotras. La sororidad entre las mujeres en el entorno laboral como principal arma.
Con esto no quiero negar que a veces nos encontramos con mujeres que no nos caen bien o en las que no nos apoyaríamos para nada, es una situación que sucede, que en un mundo machista una de las maneras que siempre han tenido personas del colectivo oprimido, ha sido aliarse con personas del colectivo opresor para conseguir ventajas. Sería demasiado estúpido pensar que las mujeres feministas creemos que todas las mujeres siempre nos caen bien, todas somos buenas y por ser mujeres nos tenemos que llevar fenomenal, pero soy muy consciente de la importancia de compartir el entorno y las inquietudes con otras mujeres.
Ahora creo que no es casualidad que en la carrera universitaria las mujeres soliéramos hacer grupo entre nosotras. Con Pepa (nombre ficticio) compartí muchas prácticas de muchas asignaturas. Era una crack. Hoy día soy profesora de electrónica pero en primero de carrera fue ella la que me hizo entender la corriente eléctrica haciendo una analogía entre electrones y gotas de agua para explicármelo. Diez años después de acabar juntas la carrera, hablaba con ella de que me estaba dando cuenta de cosas machistas en los entornos de investigación. Ella sorprendida me dijo:“Estefanía, ¿no te acuerdas de lo que nos pasó en las prácticas de cuarto? Había un circuito que no salía y nosotras nos dimos cuenta. Le dijimos al profesor que estaba mal planteado y nos dijo que nos confundíamos. Al rato, se lo dijimos a dos compañeros de clase y ellos se lo dijeron al profesor también. Entonces el profesor se puso a mirarlo y vio donde estaba el fallo. No fue hasta que se lo dijeron ellos, dos chicos.”
En aquel momento yo no recordaba eso y pensaba que no había vivido nada así en mis carnes, pero Pepa, de nuevo fue mi maestra, y me permitió revisar mi historia como estudiante en la universidad. Recordé al menos otra situación en la que yo hacía casi todo el trabajo del equipo, pero el profesor siempre miraba y preguntaba solo a mi compañero varón, que apenas hacía nada.
Qué decir de Jenni, a quien os presenté en este artículo. Ni ella ni yo teníamos apoyos mujeres en nuestro propio círculo de trabajo, pero ambas coincidíamos en historias y en situaciones como científicas. Nos reencontramos por casualidad en la calle dos veces en la misma semana después de una década en la que apenas nos habíamos visto. El segundo encuentro nos hizo hablar un poquito más y descubrir que ambas habíamos terminado la tesis doctoral en los meses anteriores. Decidimos tomar un café. Al ir contándonos la historia de las vivencias universitarias vimos que había algo que iba más allá: lo que contábamos era demasiado parecido para que fuera una coincidencia. Empezamos a leer cada una por nuestra cuenta sobre machismo en ciencia, y flipamos con lo que veíamos, era nuestra historia reescrita por cada una de las otras científicas que hacían divulgación feminista.
Comenzamos haciendo un programa de radio, y acabamos organizando talleres, charlas, visitas a escuelas e incluso una charla TED. Pero, sobre todo, fuimos creando un grupo de amigas científicas y nos apoyamos contándonos las cosas que nos han ido pasando en nuestros trabajos y viendo si hay una relación con el género. Incluso ellas se han dado cuenta antes que yo de algunas situaciones sexistas que he vivido y ha sido gracias a ellas que he revisado y hablado de mis vivencias.
Algunos de nuestros encuentros de amigas científicas han sido especialmente reveladores. En concreto yo recuerdo este día en algún momento de 2019.
Creo firmemente que las redes entre mujeres en nuestro propio entorno laboral es la mejor herramienta contra el machismo y desde luego ha sido la mejor herramienta que yo me he encontrado para aliviar los malestares machistas que he podido vivir en mi entorno laboral. Replico aquí las palabras que creé hace unos años para una conferencia sobre mujer y poder que también publiqué en esta revista: “A las mujeres os invito a ser cada vez más a ser lo que queramos ser y a desobedecer lo que nos apriete de unos mandatos de género que nos limitan. Porque ahí está la base de nuestro éxito. Nosotras somos buenas en trabajos técnicos, gestionando equipos y liderando empresas. La clave está en que tal y como valoramos el conocimiento y el trabajo hoy día, nosotras luchamos más que nuestros compañeros varones para llegar al mismo puesto. En el trabajo y en casa. Lo cual también significa que nosotras somos mejores que los varones que llegan al mismo puesto que nosotras.
No necesitamos ser inteligentes, trabajadoras, excelentes, exitosas, familiares, cuidadoras, buenas amantes, guapas, siempre de buen humor y un largo etcétera. Muchas de nosotras queremos dejar de tener que ser todo eso junto como única opción de poder estar en la cumbre. Nos agooooota.
Ya conocemos el techo de cristal, el suelo pegajoso, el síndrome de la impostora y el efecto Matilda. Ya sabemos que podemos hacer ciencia, tecnología y emprendimiento sin necesidad de adoptar modelos masculinos (o pareciéndonos si queremos también). Y tejamos redes entre nosotras. Encontremos lo que nos hace sentir bien en los grupos de mujeres, también en los de sólo mujeres. Tejer así redes de confianza, honestidad y respeto es la gran revolución, redes interdisciplinares que cuestionan modelos excesivamente autoritarios y poder importar esas maneras a nuestros entornos masculinizados para que los hombres también aprendáis a trabajar desde ahí. Para juntas, juntes, juntos invitarnos a pensar, a cuestionarnos, a reconstruirnos y, al final, a aportar lo mejor que cada quien tenemos.”
Seamos todas valientes IMPOSTORAS.
Estefanía Prior Cano
(Artículo tomado de la revista Escuela de Ateneas: Mujer y Ciencia).